Llega el frío, el nuevo frío. Me miro ahora y me veo hace un año. Con el mismo momento de frío, en la misma ciudad, pero en otro ámbito, en otra sintonía, en otro mundo que nada tiene que ver con el que hoy transito.
Estaba hasta físicamente distinto, y quizás mis metas eran más simples: trabajar, estudiar, salir con mis amigos, ir conociendo mujeres, o más exactamente, tratar de conocer a alguien en quien pudiera confiar. Y mientras el viento me azotaba, y aunque había gente a mi alrededor, yo estaba solo. Porque nadie podía entenderme, y en lugar de escucharme, era más fácil hacerme olvidar, de todo lo malo, de entregarme a la tontera sin sentido.
Tuvo que pasar todo una gran parte del invierno para que apareciera un poco de luz en mis días. Y llegó simple, con rulos, desde algún barriecito de la capital, bajándose de un colectivo. No me ofreció millones ni remedios instantáneos para el mal de amor. Me mostró que el mundo iba a seguir tal como era sin cambiar más que en pequeños detalles. Pero, me hizo entender que no iba a estar más solo. Que iba a tenerla a ella. Jazmín, su nombre, su color era cualquier color que brillara, y su música era mi música, su voz era mi voz, su alma era mi alma. Éramos el uno en el otro. Con la torpeza de un chico tonto en período de aprendizaje, un poco torpe y sumamente ciego, fui conociéndola, amándola, deseándola. Fui descubriendo que una gran parte del sentido de mi vida se encontraba en el sentido de la suya.
Fue mi espejo, y me devolvió la imagen de mi interior, fuerte y decidida en algunas partes, y blanda, herida e incierta en otras. Y de a poco, con la paciencia de una dulce enamorada, fui tapiando mis dolores pasados. Fui olvidándome antiguas penas y calmando mi viejo dolor. La primavera y el verano pasaron como una canción. No como cualquiera, sino como la canción más bella que alguna vez escuché en mi vida. La ciudad se convirtió en un mero concepto para mí, casi una cosa abstracta, y me di cuenta que mi lugar va a ser siempre dónde ella esté, donde esté mi corazón. De a poco fueron brotando las notas musicales de mi alma. Volví a tocar la guitarra, comencé a ver el mundo como nunca antes: más maduro, más adulto, a veces un poco amargado, pero sumamente más acertado. Sonaron mucho los Beatles, el Falquito, Charly, Fito, todo muy suave, muy cancionero. Ella me dio muchos regalos, pero uno que me sorprendió notablemente: Su voz de cantora. Y ahí, surgió un dúo, un dúo que refleja la pareja hermosa que somos, los amigos que solemos ser, y los dos músicos unidos por el destino que también forman parte de nuestra identidad.
Descubrí el placer infinito, tuve el mejor sexo de mi vida, aprendí a desear algo con la mayor de las fuerzas. A soñar, a creer, a pensar en un amor eterno. Por primera vez, me sentí completo, protegido, amado, soñado. Mi pasión se volcó en algo totalmente bello: en amar. Me volví un poeta del amor, que no usa palabras sino actos para explicar lo que siente.
Encontré en el cuerpo de ella, Jazmín, mi flor más hermosa, el néctar más dulce de todo este mundo. Aprendí a besar con una intensidad nunca antes conocida. Amé la desnudez y la cotidianeidad. Me declaré fiel admirador de los fines de semana caseros, y de las tardes de cama y sexo y besos y abrazos.
Hoy soy un hombre nuevo, con nuevas metas, pero más que nada, con una nueva fe. Con una mujer que me hace sentir dueño, y a la vez poseído, una mujer que día a día me enamora. Quiero darle a ella mi corazón y mi tiempo para que nunca, pero nunca, se siena triste. Quiero vivir el resto de mi vida al lado suyo, y decirle todos los días, al despertar: “Buenos días, chochita, dormiste bien?”.
Que el tiempo no nos apure, somos vos y yo contra el mundo, y tenemos mucha ventaja.
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